La depresión es una enfermedad orgánica que aparece cuando el cerebro, por causas aún no conocidas totalmente, disminuye la producción de determinadas sustancias que equilibran los estados de ánimo y ayudan a manejar el estrés.
Esa insuficiencia produce desinterés, tristeza prolongada, baja autoestima, incapacidad para realizar ciertas tareas, ansiedad crónica y ataques de pánico.
El 13 de enero se conmemora el Día Mundial de Lucha contra la Depresión, que según la Organización Mundial de la Salud afecta a más de trescientos millones de personas en todo el mundo.
Esta fecha tiene la intención de sensibilizar, orientar y prevenir a la población mundial sobre esta enfermedad, cuyas cifras aumentan de manera desproporcionada y peligrosa.
Si bien la patología tiene determinados niveles, en todos los casos suele afectar el apetito, que puede disminuir o aumentar demasiado, impedir el sueño y con ello el adecuado descanso, dificultar el rendimiento laboral y generar accesos inevitables de llanto.
Nuestro país, donde la salud mental apenas comienza a preocupar a la sociedad, no está exento de la enfermedad, mientras desde los organismos encargados de la salud los esfuerzos para ofrecer soluciones son muy pocos.
Precisamente el doctor José Miguel Gómez, reconocido siquiatra dominicano, suele destacar la prevalencia cada vez mayor de la depresión, especialmente en adultos mayores y critica que, aunque alerta a las autoridades, las respuestas son insuficientes, pese a que la salud mental requiere una inversión de bajo costo.
Uno de los mayores problemas con la depresión es la ignorancia, al confundirla con tristeza o melancolía, lo que lleva a las personas a tardar en buscar ayuda profesional y en otros casos, se la toma como una especie de locura que genera el aislamiento del enfermo, hecho que agrava la situación.
Los pobres son los que menos posibilidad tienen de enfrentarla, porque los hospitales públicos tienen muy pocos siquiatras y sicólogos y a veces ninguno.
Combatir la depresión exige respuestas sanitarias contundentes, tratamientos accesibles y acceso a medicamentos y a terapias y, sobre todo, entender que una persona deprimida es un enfermo que sufre, que necesita comprensión y una actitud más humana de su entorno.