Monseñor Jesús Castro Marte
Obispo de la Diócesis Nuestra Señora de La Altagracia
Este miércoles se inicia en la Iglesia el tiempo de la Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza, como inicio formal de cuarenta días conversión espiritual. Todas las realidades históricas, culturales y espirituales en los acontecimientos de la vida tienen una justificación cronológica. El Miércoles de Ceniza se consolidó tras el Concilio de Nicea (325 d.C.), que fijó la duración de este tiempo de preparación. La Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos casi cuatrocientos años después de Cristo.
Ya desde el período de la “penitencia pública” y canónica, los penitentes en la Iglesia antigua con frecuencia llevaron, voluntariamente, el cilicio y se cubrieron la cabeza con ceniza. Parece ser que desde los siglos VI-VII se difundió esta práctica al iniciarse la Cuaresma el miércoles anterior a su primera “domínica” (primer domingo de Cuaresma que antes era el inicio de la misma). En este día (Miércoles de Ceniza) los penitentes eran admitidos al “rito de la penitencia”. Tenían que hacer penitencia durante toda la Cuaresma “con cilicio y ceniza”. Se les reconciliaba sólo hasta las proximidades de la Pascua; por ejemplo, en Roma el Jueves Santo por la mañana.
En los siglos IX y X se da un gran desarrollo litúrgico en este aspecto. El obispo imponía el cilicio y la ceniza a los penitentes y los despedía fuera de la Iglesia. Parece ser que hacia el siglo XI la Iglesia romana extendió este uso no sólo para los penitentes, sino para la comunidad entera, oficializándose la costumbre para todos los fieles alrededor del siglo XI.
El llamado del Miércoles de Ceniza
El Miércoles de Ceniza tiene varios momentos fundamentales porque, a través de él, como se indicó, se inicia el tiempo fuerte de la Santa Cuaresma.
Primer momento: un llamado a la oración. Es un tiempo donde la Iglesia quiere que sus fieles busquen espacios para encontrarse consigo mismos y con Dios. En la actualidad, esto también significa aprender a desconectarnos de la saturación digital, del exceso de redes sociales y del ruido informativo que muchas veces nos aleja del silencio interior.
Segundo momento: un tiempo de conversión. No desde la exterioridad, sino desde la interioridad del ser humano. Hay dos elementos que se mencionan durante el rito:
“Conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1,15).
“Acuérdate que polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3,19).
Estas frases hoy nos interpelan en un mundo marcado por la crisis ecológica, la violencia y la desigualdad. Recordar que somos polvo amado por Dios nos invita también a cuidar la creación y a reconocer nuestra fragilidad frente a los grandes desafíos globales.
Prácticas cuaresmales en clave contemporánea
Durante estos cuarenta días hay elementos que ayudan a vivir ascéticamente como una forma de vivir la santidad cristiana: el ayuno, la penitencia y la oración.
Ayuno: No solo de alimentos, sino también de aquello que nos esclaviza: el consumismo, la dependencia tecnológica, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Penitencia: No como castigo, sino como reconciliación. En tiempos de polarización política y social, la penitencia puede ser un gesto de diálogo y de construcción de paz.
Oración: No solo personal, sino comunitaria. Hoy, la oración puede ser también intercesión por quienes sufren guerras, migraciones forzadas, pobreza extrema o exclusión social.
La ceniza utilizada en el rito proviene de las palmas bendecidas del Domingo de Ramos del año anterior, que son quemadas y preparadas para este ritual.
El tiempo de Cuaresma es para reconocer que el Señor ha nacido en nosotros, está creciendo y nosotros lo compartimos desde el primer momento con humildad, sin creer que somos superiores a los demás, siendo una Iglesia servidora y sencilla como María.
La Cuaresma abarca cuarenta días, porque cuarenta fueron los días que Jesús permaneció en el desierto en combate contra el demonio, orando y ayunando (Mt 4,1-2).
La conversión no es un mero cambio moral cosmético, es decir, un simple retoque o modificación de una u otra actitud o conducta. La conversión supone un cambio radical de vida; supone cambiar la vida desde la raíz, desde el corazón, para tener una vida totalmente arraigada en Cristo, el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).
La dimensión social del inicio de la Cuaresma
Todo gesto de sacrificio y ayuno debe tener una dimensión social, principalmente de ayudar al vulnerable, al indigente, al desechado de esta sociedad. Si realizo tal acción y no tiene resultado social, no tiene ningún tipo de utilidad espiritual.
Hoy este llamado se conecta con temas urgentes: la atención a los migrantes, la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la pobreza, el cuidado del medio ambiente y la solidaridad frente a las crisis de salud y económicas. La Cuaresma nos invita a que nuestra fe se traduzca en compromiso social y en gestos concretos de justicia y fraternidad.
Ejemplo inspirador
Hacemos memoria de san Francisco de Asís, que después de haberse despojado completamente delante del obispo Guido de Asís en 1206 se entregó totalmente a las manos del Padre. Invito a que pensemos en este santo, que después de despojarse completamente se abrazó a Dios.
Su testimonio hoy nos inspira a despojarnos de la superficialidad, del consumismo y de la indiferencia, para abrazar una vida más sencilla y comprometida con los demás.
Hoy no podemos olvidar nuestra historia ni la mentalidad de que somos polvo amado por Dios. Reconocemos que no nos vamos a quedar en las cenizas, sino que vamos a resucitar a través de la muerte a la vida eterna.