Hambre cero en RD
El dominicano, por lo general, es escéptico, esquivo, alumno aventajado de Santo Tomás, y frunce el ceño cuando le dicen, por ejemplo: “La República Dominicana se ha movido por debajo del 2.5 por ciento del umbral de desnutrición y fuera del mapa del hambre”.
La cifra figura en el informe sobre el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (SOFI 2026) emitido por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), a cuyo director, Qu Dongyu, corresponde la cita entrecomillada.
Hambre Cero está entre los objetivos de la agenda 2030 de la ONU, una meta que no parece fácil de alcanzar pese a que son muchos los países que trabajan en la reducción del hambre y la desnutrición, ya sea con programas temporales o políticas públicas establecidas.
Lo afirmado por Qu Dongyu representa para nuestro país una buena noticia, una señal de que se camina en la dirección correcta, y las reacciones oficiales ante este informe son, obviamente, todo lo optimistas que se puede esperar con este espaldarazo a los programas de nutrición que gestiona el Estado, con apoyo del Programa Mundial de Alimentos (WFP).
Mientras el presidente Luis Abinader atribuyó este logro conjunto de agricultores, mujeres rurales, trabajadores del campo, el sector privado, la academia, la sociedad civil, las instituciones públicas y la cooperación internacional, el ministro de la Presidencia y titular del Consejo Nacional para la Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Conassan), indicó que la reducción se debe a disponibilidad, acceso, alimentación y nutrición, cambio climático y gestión del riesgo, y gobernanza.
Posiblemente el mérito de nuestro país se deba al compromiso de trabajar en combatir el hambre, lo que, obviamente, es una tarea compleja que requiere del involucramiento de múltiples sectores.
Aparecerán incrédulos que rebatan esta cifra con el manoseado argumento de que ni ven ni sienten tal reducción, pero el país debe estar contento y satisfecho con lo que informa la FAO, porque el hambre y la desnutrición atentan contra la más elemental dignidad humana, y representan un escollo para la construcción de un futuro de paz y de progreso.
