El curioso deporte nacional de dividirse: PRD sombrilla del sistema político
Hay países que exportan café, otros petróleo, otros tecnología. La República Dominicana, además de merengue, béisbol y talento para la política, ha desarrollado una especialidad partidaria digna de estudio académico: la división política como mecanismo de reproducción de la democracia.
Desde que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), ese gran árbol genealógico de la política dominicana nació en La Habana, Cuba, hasta su llegada al territorio nacional, la historia ha demostrado que en nuestra política las diferencias internas no necesariamente destruyen los partidos. A veces ocurre exactamente lo contrario, los multiplican.
Y así comenzó una extraordinaria saga de desprendimientos, rupturas, reencuentros, pactos, convenciones, convenciones extraordinarias, acuerdos de unidad y, cuando todo lo anterior falla, una nueva organización política.
Porque aquí la máxima parece ser, si no podemos ponernos de acuerdo dentro del partido, fundemos otro.
El PRD; el partido madre y la interminable familia política
El PRD llegó a la República Dominicana con la promesa de convertirse en un instrumento de transformación democrática. Con el tiempo, sin embargo, terminó convirtiéndose también en una especie de universidad política nacional.
De sus filas salieron dirigentes que posteriormente protagonizaron nuevas aventuras electorales y organizaciones políticas. Algunas rupturas fueron producto de diferencias ideológicas; otras, de disputas por el liderazgo; otras, de candidaturas; y algunas, probablemente, de ese fenómeno universal que aparece cuando dos dirigentes consideran que ambos fueron llamados por la historia para dirigir exactamente el mismo partido.

De ese largo proceso han surgido casi el 90% de los partidos del sistema. Un amplio árbol genealógico del sistema partidario dominicano.
El resultado es fascinante, un partido que nació como instrumento de unidad terminó contribuyendo, voluntaria o involuntariamente, a la construcción de buena parte del sistema de partidos contemporáneo.
Es decir, el PRD no solamente produjo presidentes, dirigentes y candidatos. Produjo descendencia política.
La política dominicana es dividirse para multiplicarse.
En cualquier democracia madura, las diferencias internas suelen resolverse mediante mecanismos institucionales como los debates, elecciones internas, convenciones, reglas y decisiones de mayoría.
En nuestro ensayo de país, en este verdadero botón de tierra del Caribe donde experimentamos con democracias todavía débiles, hacemos muchas veces lo que se puede y no necesariamente lo que se debe.
Aquí la democracia interna puede comenzar con una discusión ideológica y terminar con una rueda de prensa.
Puede empezar con una aspiración presidencial y concluir con la fundación de un partido.
Puede comenzar con una convención y terminar con dos dirigentes proclamándose legítimos ganadores.
Y si alguien pregunta quién tiene la razón, probablemente ambos tengan una encuesta que lo demuestra.
La política dominicana ha desarrollado así una curiosa capacidad de convertir las crisis internas en proyectos políticos nuevos. Lo que en otras democracias podría ser una fractura traumática, aquí puede terminar en un nuevo logo, nuevos colores, una bandera, un comité político y, por supuesto, una nueva candidatura presidencial.
La democracia al parecer tiene muchas formas de reproducirse
Del PRD al PLD y del PLD a la Fuerza del Pueblo
En 1973 se produjo una de las grandes rupturas de la política dominicana. Juan Bosch abandonó el PRD el 18 de noviembre y, el 15 de diciembre de ese mismo año, fundó el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), acompañado por un grupo de dirigentes que compartían su visión política. El PLD nació como una organización de cuadros, formación política y disciplina, diferenciándose del PRD de masas.

Durante más de dos décadas construyó su estructura hasta llegar al poder en 1996, con Leonel Fernández como candidato presidencial, y posteriormente gobernó nuevamente entre 2004 y 2020, acumulando 20 años en el poder. En ese trayecto, aquel partido creado por Bosch pasó de ser una pequeña organización a convertirse en una de las estructuras políticas más poderosas de la República Dominicana.
Pero la historia terminó repitiendo el mismo patrón que le dio origen. En 2019, las profundas diferencias entre Leonel Fernández y la dirección encabezada por Danilo Medina desembocaron en la salida de Fernández del PLD, luego de las elecciones internas de octubre de ese año. Su renuncia, formalizada el 20 de noviembre de 2019, provocó la mayor división en la historia del PLD y dio paso a un nuevo proyecto político que posteriormente se consolidaría como la Fuerza del Pueblo.
Así, entre 1973 y 2019 transcurrieron 46 años: del PRD nació el PLD; del PLD, tras dos décadas de ejercicio del poder, nació una nueva fuerza política. La historia dominicana demuestra que las organizaciones pueden alcanzar el poder, pero también que las luchas internas, los liderazgos y las ambiciones políticas pueden terminar reproduciendo aquello que alguna vez provocó su propia fundación.
Del PRD al PRM: la última gran metamorfosis
El nacimiento del Partido Revolucionario Moderno constituye uno de los capítulos más importantes de esta larga historia de divisiones.
El PRM es, precisamente, fruto de otra ruptura dentro del partido madre. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la política dominicana: una división que pretendía poner fin a un ciclo terminó creando una organización capaz de alcanzar el poder y reorganizar el mapa político nacional.

El PRM ha recorrido desde entonces un camino que, independientemente de las opiniones sobre sus métodos, resultados o estilo de conducción, ha producido un hecho difícil de ignorar: éxito electoral y consolidación como fuerza política dominante.
Y conviene reconocerlo sin demasiadas vueltas
El PRM ha superado ya tres procesos de renovación interna, acompañados de procesos de elección de candidaturas. En un sistema partidario donde las convenciones internas pueden ser más intensas que algunas elecciones nacionales, no es poca cosa.
La organización ha conseguido mantener una estructura funcional, renovar sus autoridades y procesar sus aspiraciones internas sin que las inevitables diferencias terminen hasta ahora produciendo otra gran ruptura.
Quizás esa sea una de las lecciones más interesantes de esta historia.
Porque una cosa es ganar elecciones y otra, bastante más complicada, es administrar las ambiciones después de haberlas ganado.
El éxito no siempre viene con manual de instrucciones Hay quienes cuestionan los métodos utilizados para alcanzar determinados acuerdos internos, y seguramente habrá razones para hacerlo.
Pero la política, especialmente la política dominicana, rara vez se ha caracterizado por ofrecer manuales de procedimiento escritos por santos.
Los partidos negocian.
Los grupos pactan.
Los dirigentes calculan.
Las mayorías se construyen.
Las minorías buscan espacio.
Y, finalmente, alguien anuncia que todo ocurrió en perfecta armonía.
El sarcasmo aquí casi se escribe solo.
Sin importar los métodos utilizados y dejando abierta la discusión sobre su calidad democrática, el hecho político es que el PRM ha conseguido resultados exitosos en materia electoral y de organización interna.
Eso merece ser observado con seriedad. Porque gobernar un partido grande requiere algo más que discursos sobre democracia. Requiere administrar egos, intereses, aspiraciones, territorios, generaciones y expectativas.
Y eso, en política, es casi como intentar organizar una reunión familiar donde todos quieren sentarse en la cabecera de la mesa.
Abinader y el próximo capítulo
El presidente Luis Abinader entra en una nueva etapa de su trayectoria política.
Después de concluir su período presidencial, le corresponderá también desempeñar un papel fundamental en el próximo proceso interno de su organización. La transición será importante no solamente para él, sino para el propio PRM.
Un partido que ha alcanzado el poder y ha logrado reelegirse enfrenta ahora una prueba distinta: demostrar que puede administrar la sucesión sin convertirse en otra página del histórico libro de las divisiones del PRD.
Ahí estará uno de los grandes desafíos, porque ganar la presidencia es una cosa, dejar un partido institucionalizado, cohesionado y preparado para el futuro es otra.
Y si la historia dominicana sirve de advertencia, precisamente ahí es donde comienzan los capítulos más interesantes.
Los acuerdos de siempre, con nombres nuevos
La nueva dirección partidaria es también el resultado de los tradicionales acuerdos entre grupos dominantes que, para bien o para mal, forman parte de la gobernanza interna de los partidos dominicanos.
No debería sorprendernos demasiado
Desde hace décadas, nuestra política ha demostrado que las estructuras partidarias no funcionan únicamente mediante estatutos. También funcionan mediante conversaciones, negociaciones, alianzas y acuerdos.
A veces los acuerdos se presentan como consenso, como unidad, a veces como renovación, y en ocasiones simplemente se les cambia el nombre para que parezcan una criatura completamente nueva.
Pero el principio es antiguo: los partidos necesitan pactar internamente para poder gobernar externamente.
La pregunta verdaderamente importante no es si existen acuerdos entre grupos. La pregunta es si esos acuerdos terminan fortaleciendo la institucionalidad, garantizando participación y permitiendo que las organizaciones políticas produzcan mejores gobiernos.
Porque si el acuerdo sirve únicamente para distribuir posiciones, tendremos una vieja política con nuevos nombres.
Si, en cambio, sirve para garantizar estabilidad, renovación, competencia y responsabilidad, entonces puede convertirse en una herramienta legítima de gobernanza partidaria.
La ironía final
Después de décadas de divisiones, parece que seguimos intentando resolver el mismo problema: cómo construir partidos fuertes en una democracia que todavía está aprendiendo a institucionalizarse.
El PRD se dividió.
Del PRD nacieron nuevas organizaciones.
Algunas de esas organizaciones también se dividieron.
De ellas surgieron otras más, y probablemente la historia todavía no ha terminado.
Quizás algún día nuestros historiadores políticos descubran que la mejor manera de representar el sistema partidario dominicano no es mediante un organigrama, sino mediante un árbol genealógico con ramas, injertos, raíces cruzadas y algunos frutos que terminaron creciendo en otro jardín.
Mientras tanto, seguimos haciendo nuestros ensayos de país.
En estos pequeños botones de tierra caribeña, con democracias débiles, pero extraordinariamente resistentes, seguimos haciendo lo que se puede y no siempre lo que se debe.
Y quizás esa sea nuestra mayor tarea pendiente: conseguir que la política deje de depender tanto de los hombres y grupos de turno y empiece a depender más de instituciones capaces de sobrevivirlos.
Al nuevo liderazgo del PRM, por tanto, corresponde desearle éxito.
Que la renovación sea realmente renovación.
Que los acuerdos produzcan gobernabilidad y no simplemente distribución.
Que las aspiraciones individuales puedan convivir con un proyecto colectivo.
Y, sobre todo, que esta vez la historia no termine demostrando que la mejor manera dominicana de resolver una división interna sigue siendo fundar otro partido.
Porque partidos ya tenemos suficientes.
Lo que todavía estamos construyendo con paciencia, tropiezos, elecciones y muchas convenciones, es una democracia que pueda sobrevivir a todos ellos.
