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lunes, 14 de septiembre de 2026
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De Hostos a De Camps: 150 años sin un modelo educativo

Por Stewar García

Por más de un siglo, la República Dominicana ha hecho reformas educativas, construido escuelas, repartido libros, ampliado horarios, entregado computadoras, servido alimentos, creado planes decenales y aumentado el presupuesto. Pero hay una pregunta que permanece intacta: ¿cuál es el modelo educativo dominicano?

La historia de nuestra educación puede leerse como una larga sucesión de esfuerzos, gobiernos, ministros, programas y grandes anuncios. Sin embargo, cuando se observa el sistema desde el lugar donde realmente importa, el aprendizaje del niño, aparece una paradoja incómoda; hemos cambiado muchas veces las condiciones alrededor de la escuela, pero no hemos transformado suficientemente lo que ocurre dentro del aula.

Los dominicanos siguen esperando una verdadera revolución pedagógica.

Eugenio María de Hostos representa uno de los momentos fundacionales de la pedagogía dominicana. Su importancia no radica únicamente en haber contribuido a formar maestros, sino, en haber colocado en el centro una idea extraordinariamente moderna para su tiempo.

Educar no era llenar la cabeza de información; era formar la razón, la conciencia, el carácter y la capacidad de pensar.

Hostos introdujo una ruptura con el dogma religioso, dando paso a la educación laica y científica, la moral racional, educación para la mujer y la formación de maestros.

Por eso resulta paradójico que, más de un siglo después, continuemos hablando de pensamiento crítico, competencias, resolución de problemas y aprendizaje significativo, como si fueran descubrimientos recientes.

El propio ministerio de educación reconoció en enero de 2026 la vigencia de la visión pedagógica hostosiana y llamó a continuar trabajando sobre sus valores y principios.

Pero la pregunta es inevitable: ¿Cuánto de Hostos permanece realmente en nuestras aulas? Porque una cosa es conmemorar a Hostos cada enero y otra muy diferente es construir un sistema educativo inspirado en su pensamiento y adaptado a las exigencias mundiales.

De la pedagogía al tránsito permanente.

Después de Hostos, la educación dominicana no siguió una línea ascendente y continua de construcción pedagógica. La historia estuvo marcada por cambios políticos, interrupciones institucionales, dictaduras, crisis económicas, reformas parciales y gobiernos que entendieron la educación desde diferentes perspectivas.

Durante la Era de Trujillo se produjo una expansión considerable de la estructura escolar. Los datos históricos muestran un crecimiento importante del número de escuelas, profesores y estudiantes entre las décadas de 1930 y 1960.

Pero expansión no significa necesariamente libertad intelectual.

El sistema educativo fue también utilizado como instrumento de disciplina, nacionalismo oficial e ideologización. La escuela podía funcionar, tener horario, supervisión y estructura, pero estar sometida a una concepción política determinada.

Aquí aparece una de las grandes lecciones de nuestra historia: Tener escuelas no equivale a tener educación de calidad; tener disciplina tampoco equivale a desarrollar pensamiento.

Bosch, Balaguer y el país que salió de una dictadura sin construir todavía su modelo La transición democrática abrió nuevamente el debate sobre el papel de la educación.

Juan Bosch entendió la educación como instrumento de transformación social y democratización. Su visión colocaba la formación del ciudadano en una perspectiva mucho más amplia que la simple preparación laboral.

Balaguer, por su parte, desarrolló una política educativa marcada por la expansión de la infraestructura, la formación básica y una concepción más selectiva de la educación avanzada.

Después llegaron los gobiernos del PRD, con diferentes iniciativas de ampliación de cobertura, infraestructura y formación docente, pero el problema de fondo permaneció.

Cada gobierno administró la escuela que recibió, agregó algunos programas y dejó al siguiente gobierno la tarea de comenzar nuevamente. Así se construyó nuestro particular tránsito educativo: avanzar, detenernos, cambiar de dirección, anunciar una reforma y volver a empezar.

El gran salto de los años noventa: el Plan Decenal

En 1992 apareció uno de los esfuerzos más importantes de planificación educativa de nuestra historia: el Plan Decenal de Educación 1992-2002. Por primera vez se intentó construir una visión de largo plazo con participación de amplios sectores sociales.

El plan buscó mejorar la condición docente, reformar el currículo, fortalecer la institucionalidad, aumentar la participación comunitaria y elevar el financiamiento. Posteriormente contribuyó a la aprobación de la Ley General de Educación 66-97.

¿Hubo resultados reales?

Aumentó significativamente la cobertura educativa y se produjeron avances en currículo, profesionalización docente, evaluación y materiales educativos.

Pero aquí comienza una confusión que nos ha acompañado durante décadas; confundimos expansión del sistema con transformación de la educación.

  • Más estudiantes dentro de las escuelas es un logro
  • Más aulas es un logro
  • Más profesores titulados es un logro
  • Más libros es un logro

Pero ninguno de ellos garantiza, por sí mismo, que un niño comprenda lo que lee, razone matemáticamente, formule hipótesis, resuelva problemas, argumente, cree o innove.

Leonel Fernández: computadoras, mérito estudiantil y más programas

Los gobiernos de Leonel Fernández introdujeron una agenda que intentó vincular educación, computación y modernización institucional.

Aparecieron iniciativas relacionadas con informática, innovación, infraestructura y reconocimiento al rendimiento académico, incluyendo programas de mérito estudiantil.

También se intentó fortalecer la planificación mediante iniciativas como 1000/1000 Hacia Escuelas Efectivas, concebida alrededor del cumplimiento del tiempo efectivo de enseñanza y de la idea de convertir las escuelas en espacios realmente efectivos.

El problema fue que nuevamente la discusión terminó concentrándose demasiado en los instrumentos.

  • Computadoras
  • Laboratorios
  • Infraestructura
  • Premios
  • Horas
  • Programas

Pero el instrumento no es el modelo.

Una computadora dentro de un aula memorística no crea una escuela del siglo XXI.

La denominada misión 1000/1000 buscaba llevar a mil las horas de docencia efectiva, tanto en cantidad como en calidad. La iniciativa surgió ante una realidad preocupante: el estudiante permanecía muchas horas dentro del sistema, pero una parte importante de ese tiempo no se traducía necesariamente en aprendizaje.

La pregunta debió ser más profunda: ¿Qué hacemos durante esas mil horas?

Porque mil horas de una mala pedagogía producen mil horas de mala educación.

La discusión educativa dominicana se ha acostumbrado a medir entradas, horas, aulas, estudiantes, maestros, dispositivos, raciones, autobuses, útiles y presupuesto, pero necesitamos medir mucho más las salidas: ¿Qué sabe hacer el estudiante después de pasar doce años en el sistema?

Danilo Medina y la llamada Revolución Educativa

Con Danilo Medina llegó una de las mayores expansiones de infraestructura educativa de la historia reciente.

La Jornada Escolar Extendida transformó la organización de miles de centros. El Estado incrementó considerablemente la cantidad de aulas y extendió el tiempo de permanencia de los estudiantes.

También se produjo la implementación del 4% del PIB para la educación, una demanda histórica de la sociedad dominicana. El propio Ministerio ha reconocido que entre 2012 y 2020 se expandieron de manera significativa la Jornada Extendida, la atención a la primera infancia, la formación docente y el rediseño curricular.

También nació Quisqueya Aprende Contigo, uno de los programas de alfabetización de adultos de mayor alcance del país. Para 2015, el Gobierno reportaba más de 900 mil incorporados a núcleos de aprendizaje y una reducción importante de la tasa de analfabetismo.

Todo esto debe reconocerse, pero reconocer avances no significa declarar resuelto el problema.

La gran pregunta continúa siendo: ¿La expansión de la Jornada Extendida produjo proporcionalmente una transformación de los aprendizajes?

Ahí comienza el verdadero debate.

Cuando la política educativa se convirtió en política de asistencia

La escuela dominicana también fue cargada progresivamente de responsabilidades sociales.

  • Alimentación escolar
  • Uniformes
  • Libros
  • Transporte
  • Tecnología
  • Bonos
  • Programas de apoyo
  • Aulas
  • Jornada Extendida

Todas estas medidas pueden ser necesarias, pero está el riesgo que terminemos administrando la pobreza alrededor de la escuela, mientras dejamos intacto el problema pedagógico dentro de ella.

  • La comida escolar puede combatir el hambre
  • El transporte puede facilitar la asistencia
  • El uniforme puede contribuir a la equidad
  • Un bono puede aliviar temporalmente la economía familiar
  • Pero ninguno de ellos enseña a leer mejor
  • Ninguno enseña álgebra
  • Ninguno desarrolla pensamiento crítico
  • Ninguno convierte automáticamente a un profesor en un gran maestro
  • Ninguno crea vocaciones científicas
  • Ninguno desarrolla creatividad
  • Ninguno sustituye un modelo pedagógico

La política educativa no puede convertirse en una suma de políticas sociales alrededor de un aula que continúa funcionando bajo las mismas lógicas.

“Aulas brutas”, autobuses y la cultura del anuncio.

En determinados momentos hemos llegado incluso a presentar como revolución educativa aquello que debería ser el punto de partida.

  • Construir aulas
  • Reparar escuelas
  • Poner autobuses
  • Servir comida
  • Entregar dispositivos
  • Pintar planteles

Todas son acciones importantes, pero son condiciones habilitantes, no el modelo educativo.

Una escuela nueva puede tener una pedagogía vieja. Un aula equipada puede continuar enseñando de memoria. Un estudiante con una tableta puede seguir copiando del libro. Un centro con comedor puede producir exactamente los mismos resultados académicos que uno sin comedor si no cambia el proceso de enseñanza.

Ese es el gran error conceptual.

Hemos tratado de modernizar la periferia de la escuela sin transformar suficientemente el corazón de la escuela.

Pero tampoco apareció una ruptura estructural con el modelo tradicional de embotellamiento. El sistema siguió funcionando alrededor de un currículo eucarístico, una fuerte cultura burocrática, una pedagogía muchas veces transmisiva y una evaluación que durante años estuvo más preocupada por comprobar contenidos que por medir capacidades complejas.

La educación dominicana continuó moviéndose, pero no necesariamente avanzando.

El Pacto Educativo: otra oportunidad histórica

En 2014 se firmó el Pacto Nacional para la Reforma Educativa 2014-2030, una de las mayores expresiones de consenso social sobre educación de nuestra historia reciente.

La pregunta que debemos hacernos en 2026 es sencilla:

¿Dónde está la transformación que ese pacto prometió?

No se trata de negar sus aportes.

Se trata de reconocer que un pacto, como un plan decenal, no enseña.

  • Una norma no enseña
  • Un presupuesto no enseña
  • Un edificio no enseña

Quien enseña es el maestro, dentro de una determinada concepción pedagógica, acompañado por un sistema que sabe exactamente qué ciudadano quiere formar, y ahí seguimos teniendo una deuda.

Los tres ministros de Abinader: Furcal, Hernández y De Camps

El Gobierno de Luis Abinader ha tenido tres ministros de educación en su trayectoria reciente, Roberto Furcal, Ángel Hernández y Luis Miguel De Camps, cada uno ha enfrentado problemas diferentes y ha impulsado agendas distintas.

Furcal tuvo que enfrentar la disrupción provocada por la pandemia y el enorme desafío de recuperar la presencialidad y la continuidad educativa.

Ángel Hernández impulsó procesos de reforma institucional, evaluación, planificación y construcción del Plan Decenal Horizonte 2034.

De Camps, desde febrero de 2025, asumió el Ministerio con una agenda que incluye fortalecimiento de la escuela, educación inicial, formación técnico-profesional, inglés y transformación digital.

En 2025 fue aprobado el Plan Decenal Horizonte 2034, que plantea profesionalización docente, actualización curricular, fortalecimiento de la gestión y aprendizaje pertinente.

En 2026, además, el Consejo Nacional de Educación aprobó una Estrategia Nacional de Educación Digital que incorpora pensamiento computacional e inteligencia artificial al currículo.

Son iniciativas importantes, pero nuevamente aparece la pregunta histórica:

¿Estamos construyendo un nuevo modelo educativo o agregando nuevos componentes al modelo existente?

Porque introducir inteligencia artificial en el currículo no garantiza pensamiento crítico. Introducir STEAM no garantiza innovación. Introducir tecnología no garantiza aprendizaje, y actualizar el currículo no significa necesariamente transformar la pedagogía.

El dato que debería quitarnos el sueño La discusión no puede reducirse a opiniones políticas, hay que mirar los resultados.

El propio Ministerio reportó recientemente que los años promedio de escolaridad ajustados a los aprendizajes se mantenían en 5.48, frente a aproximadamente 9.6 años promedio de escolaridad.

La cifra encierra una tragedia silenciosa. Nuestros estudiantes pasan muchos años en la escuela, pero una parte considerable de ese tiempo no se convierte en aprendizaje equivalente, ese es el problema.

No necesitamos solamente que los niños estén más años en la escuela. Necesitamos que cada año dentro de la escuela produzca conocimiento, capacidades y transformación personal.

Sería injusto responsabilizar exclusivamente a un ministro, el problema educativo dominicano es mucho más profundo.

  • Han pasado presidentes
  • Han pasado secretarios y ministros
  • Han cambiado leyes
  • Han cambiado currículos
  • Han cambiado nombres de programas
  • Han aumentado presupuestos
  • Han aparecido nuevas tecnologías
  • Han cambiado textos

 

Pero el sistema conserva inercias que ningún secretario o ministro, por sí solo, ha conseguido romper. Una de ellas es la cultura de la memorización, la burocratización, débil articulación entre escuela, familia, comunidad y sector productivo, la desigualdad en la calidad de la enseñanza, la dificultad para convertir la formación docente en una verdadera profesión de alto desempeño, y otra, quizá la más importante, es la ausencia de una respuesta definitiva a una pregunta fundamental.

¿Qué tipo de dominicano queremos formar?

Seguimos esperando el modelo educativo, este es el punto central. Nuestro país no necesita otro programa, necesita un modelo educativo nacional.

Un modelo que defina desde la primera infancia hasta el bachillerato, qué debe aprender un niño, cómo debe aprenderlo, qué debe saber hacer un maestro, cómo se evalúa al docente, cómo se mide el aprendizaje, qué competencias debe dominar un egresado, qué relación tendrá la escuela con la ciencia, cómo se incorporará la tecnología, cómo se vinculará la educación con el trabajo, cómo se desarrollarán las artes, el deporte y la ciudadanía, cómo se fortalecerá el pensamiento crítico, cómo se enseñará a emprender, cómo se desarrollarán los idiomas, cómo se utilizará la inteligencia artificial, y, sobre todo, qué ciudadano quiere producir el país para las próximas décadas.

No podemos seguir construyendo la educación como quien agrega habitaciones a una casa sin haber decidido qué arquitectura quiere tener.

De Hostos a la inteligencia artificial, seguimos discutiendo lo mismo.

Lo extraordinario es que muchas de las respuestas que buscamos hoy ya estaban planteadas, en esencia, en la pedagogía hostosiana.

El estudiante como sujeto.

  • La razón
  • La observación
  • La formación integral
  • El pensamiento
  • El maestro como guía

La educación como instrumento de transformación social.

Más de un siglo después hablamos de competencias, pensamiento crítico, aprendizaje basado en proyectos, STEAM, inteligencia artificial y educación personalizada.

Hemos cambiado las herramientas, pero seguimos intentando resolver con tecnología un problema que es, en primer lugar, pedagógico.

Hostos no tenía recursos tecnológicos y, sin embargo, tenía una cosa que todavía nos falta: una concepción clara de para qué educar.

El gran fracaso no es haber construido escuelas.

Sería injusto decir que la República Dominicana no ha avanzado, ha avanzado muchísimo. Tenemos más escuelas, más estudiantes, más docentes, más cobertura, más alimentación escolar, más infraestructura, más presupuesto, más programas sociales.

El fracaso está en otra parte.

No hemos conseguido convertir todos esos avances en un modelo coherente, estable y acumulativo de aprendizaje.

Cada gobierno quiere dejar su programa. Cada ministro quiere dejar su sello. Cada administración anuncia su revolución.

Y mientras tanto, el maestro entra al aula y el estudiante continúa preguntándose, muchas veces, por qué tiene que memorizar aquello que pronto olvidará.

La próxima revolución debe ocurrir dentro del aula, la verdadera revolución educativa dominicana no será inaugurar mil aulas.

  • No será comprar cien mil computadoras
  • No será repartir un bono
  • No será aumentar las horas
  • No será distribuir más autobuses
  • No será cambiar nuevamente el currículo
  • No será anunciar otro plan decenal

La verdadera revolución será conseguir que un niño de cualquier centro, pueda aprender con la misma profundidad, exigencia y calidad que un niño de cualquier sistema educativo exitoso del mundo.

  • Será lograr que leer signifique comprender.
  • Que matemática signifique razonar.
  • Que ciencias signifique experimentar.
  • Que historia signifique interpretar.
  • Que tecnología signifique crear.
  • Que inglés, y dos idiomas más, signifiquen comunicarse.
  • Que arte signifique expresarse.
  • Que educación física signifique disciplina y salud.
  • Que ciudadanía signifique convivir y participar.
  • Que el bachillerato no sea simplemente el final de la escuela, sino el comienzo de una vida productiva, creativa y digna.

El país necesita dejar de administrar la emergencia

Desde Hostos hasta Luis Miguel De Camps, la educación dominicana ha conocido reformadores, ministros, presidentes, planes, pactos, programas y revoluciones anunciadas.

Pero seguimos atrapados en un gigantesco embotellamiento educativo.

  • Muchos vehículos.
  • Muchos conductores.
  • Muchas señales.
  • Muchos cambios de ruta.
  • Pero poco movimiento estructural.

 

La salida no está en buscar otro ministro milagroso.

Está en construir finalmente un modelo educativo dominicano de Estado, con continuidad de 20 o 30 años, independiente de los ciclos electorales.

Un modelo que tenga al maestro en el centro, al estudiante como protagonista y al aprendizaje como indicador supremo.

Porque después de décadas de Planes Decenales, Revoluciones Educativas, Jornada Extendida, 1000 x 1000, Quisqueya Aprende Contigo, mérito estudiantil, INAIPI, alimentación escolar, aulas nuevas, autobuses, dispositivos, bonos y reformas curriculares, la pregunta continúa siendo la misma: ¿Dónde está el modelo educativo dominicano?

  • Hostos sembró la pedagogía.
  • Los gobiernos construyeron el sistema.
  • Los secretarios y ministros multiplicaron los programas.
  • El Estado aumentó la inversión y firmó pactos.

Lamentable es que todavía estamos esperando cosechar sin sembrar una educación capaz de transformar definitivamente al país. Y quizás esa sea la gran tarea pendiente; dejar de preguntarnos qué programa necesita la escuela y comenzar de una vez por todas, a decidir qué modelo educativo y de ciudadano necesita la nación.

 

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